
De agotada a Empoderada
Ser la mujer perfecta: la ilusión perversa que nos roba la vida.
La idea surgió una noche cualquiera.
Cena con amigas y amigos. Risas. Una copa de vino, otra de cerveza… y esa sensación tan agradable de poder bajar la guardia un rato y simplemente estar.
En medio de la conversación les pregunté:
– ¿De qué debería tratar el blog de marzo?
Tenía claro que quería dedicarlo a nosotras. A las mujeres. Por aquello del Día de la Mujer, el mes del 8M y del “día de la mujer trabajadora” – un eufemismo curioso – pero esa historia daría para otro artículo.
Mis amigas empezaron a lanzar temas como si estuviéramos diseccionando la vida en una mesa de laboratorio emocional.
Hasta que apareció uno que nos hizo asentir a todas.
Un clásico que nunca pasa de moda y que, quizás ahora más que nunca, se ha vuelto asfixiante:
La presión por ser la mujer perfecta. La famosa superwoman.
Imagina por un momento:
Una mujer se levanta temprano.
Antes de salir de casa revisa su cara en el espejo.
Que no se noten demasiado las ojeras.
Que el pelo esté bien.
Que todo esté… “perfecto”.
Después empieza el día.
Trabaja.
Resuelve problemas.
Contesta mensajes.
Escucha a todo el mundo.
Cuida. Organiza. Produce.
Y cuando llega la noche, agotada, aparece una pequeña voz en su cabeza:
«Hoy tampoco ha sido suficiente.»
Si esta escena te resulta familiar, no es casualidad.
Durante años nos han enseñado que para ser queridas, respetadas o valoradas teníamos que acercarnos lo máximo posible a una idea imposible:
Ser la mujer perfecta.
El problema es que esa mujer no existe.
Pero el cansancio de intentar serla… sí.
La fantasía de la mujer perfecta
Este tema me recuerda a la película Las mujeres perfectas, dirigida por Frank Oz y protagonizada por Nicole Kidman.
Si no la has visto, te hago un pequeño resumen sin destriparla demasiado.
Las mujeres del pueblo parecen impecables: bellas, sonrientes, siempre bien peinadas, dedicadas a su casa, a su familia… y, por supuesto, eternamente encantadoras.
Todo funciona.
Todo está en su sitio.
Todo es perfecto.
Demasiado perfecto.
La película utiliza el humor y la exageración para señalar algo incómodo: la obsesión cultural por la perfección femenina. La mujer que no molesta, que no se equivoca, que no envejece, que no se queja y que lo sostiene todo sin despeinarse.
Una fantasía muy antigua.
Y todavía muy presente.
una confesión personal
Querida lectora -sí, hoy voy a escribir en femenino-. Voy a ser breve.
Tengo 52 años. Y si hago balance, estoy bastante satisfecha con mi vida. No es un vida de 10. También caigo en la espiral de la autoexigencia y el perfeccionismo, soy humana.
Pero como diría mi querido profesor Víctor Amat: “La vida es un 7.” Y un siete es un notable.
Siempre habrá áreas de nuestra vida con margen de mejora. Y eso, en realidad, es una buena noticia. Significa que seguimos vivas, aprendiendo, ajustando el rumbo.
la presión invisible
En aquella cena coincidíamos en algo: la vida no nos lo pone especialmente fácil.
El mundo -la cultura, las expectativas sociales, las redes- parece exigirnos un 10 constante en todo.
Tenemos que estar guapísimas.
Despertarnos como si ya hubiéramos pasado por maquillaje y peluquería.
Ser excelentes profesionales.
Madres presentes.
Parejas apasionadas.
Hijas disponibles.
Amigas incondicionales.
Todo al mismo tiempo.
Y sin mostrar demasiado cansancio.
No importa si tienes 18 o 70 años.
Ves niñas que ya quieren modificar su cuerpo.
Adolescentes agotadas intentando ser perfectas en todo.
Mujeres adultas que viven bajo una presión silenciosa por no quedarse fuera del escaparate.
Porque parece que en esta sociedad hay dos riesgos:
estar demasiado expuesta…
o desaparecer.
la sociedad de la comparación
Las redes sociales han amplificado algo que siempre ha existido: la comparación constante.
Tu vida frente a la vida editada de los demás.
Siempre productiva.
Siempre feliz.
Siempre brillante.
No parece haber lugar para algo tan humano como el cansancio, la tristeza o el simple placer de no hacer nada.
Imagina esta escena.
Estás en casa.
Un libro en las manos.
Una tarde tranquila.
Y de repente aparecen esos pensamientos:
“Debería estar haciendo algo útil.”
“Estoy perdiendo el tiempo.”
“Tengo mil cosas pendientes.”
Cierras el libro.
Y vuelves a la rueda.
¿dónde quedamos nosotras en todo esto?
Ante tanta exigencia —externa e interna— surge una pregunta inevitable:
¿Dónde quedamos nosotras en todo esto?
Porque si te bajas de la rueda… ¿qué pasará?
Y entonces llegan los famosos “¿y si…?”
¿Y si dejo de gustar?
¿Y si dejo de ser relevante?
¿Y si ya no me eligen?
Esos “y si” son tremendamente convincentes. Porque apuntan directamente a una necesidad humana básica: ser vistas, ser queridas y pertenecer.
la trampa de la perfección
Desde la psicología sabemos que el perfeccionismo no es simplemente querer hacerlo bien.
Muchos estudios lo relacionan con mayor ansiedad, estrés y menor bienestar psicológico.
El problema no es aspirar a mejorar.
El problema es creer que solo seremos dignas de amor, reconocimiento o valor cuando seamos impecables.
Y ese momento nunca llega.
un antídoto con evidencia científica
Aquí es donde la ciencia nos ofrece un salvavidas extraordinario. Frente a la autoexigencia brutal, la psicóloga investigadora Dra. Kristin Neff propone la práctica de la Autocompasión Mindful (MSC), un modelo con gran evidencia científica para combatir el perfeccionismo y la ansiedad en las mujeres. Neff nos enseña que tratarnos con dureza no nos hace mejores, nos agota. Su propuesta se basa en tres pilares que puedes aplicar cuando sientas que no llegas a todo:
1. Amabilidad contigo misma
Hablarte con respeto cuando fallas, en lugar de machacarte. Trátate como tratarías a tu mejor amiga. «¿Qué necesito en este momento para cuidarme? Me doy permiso para descansar y ser imperfecta hoy».
2. Humanidad compartida
Recuerda que no estás sola ni defectuosa. «Millones de mujeres se sienten exactamente igual que yo bajo esta presión. Es normal sentirme así». Eres humana.
3. Mindfulness (Conciencia Plena)
Reconoce tu malestar sin exagerarlo ni ignorarlo. Di para tus adentros: «En este momento me siento abrumada y exigida».
Las investigaciones muestran que las personas con mayor autocompasión tienen más resiliencia, menor ansiedad y mayor bienestar emocional. La autocompasión no significa autocomplacencia ni dejar de esforzarse. Curiosamente, también tienden a mantener metas más sostenibles y realistas.
reivindicar lo imperfecto
Tal vez no necesitamos ser la mujer perfecta.
Tal vez necesitamos algo mucho más valiente:
Ser mujeres reales.
Las que no siempre están disponibles.
Las que se equivocan.
Las que tienen canas, arrugas y días malos.
Las que lloran, se enfadan, ríen… y a veces hacen todo eso el mismo día.
Las que entienden que su valor no depende de ser impecables.
una invitación a las generaciones futuras
Si algo podemos hacer por las mujeres que vienen detrás es enseñarles que no son un producto en un escaparate.
Que no tienen que demostrar constantemente su valor.
Que pueden elegir.
Que pueden equivocarse.
Que pueden vivir.
Porque quizás la verdadera revolución no sea exigirnos más.
Quizás sea querernos mejor.
No perfectas.
Humanas.
Y eso -aunque no lo parezca- ya es muchísimo.
UN RETO
Antes de irte, te dejo algunas preguntas que quizás merezcan unos minutos de tu tiempo.
No hace falta que tengas todas las respuestas hoy.
Pero tal vez sea un buen lugar desde el que empezar a mirarte con más honestidad.
- ¿En qué momentos de tu vida sientes más presión por ser “perfecta”?
- ¿Qué partes de ti escondes por miedo a decepcionar a los demás?
- ¿Qué cambiaría en tu vida si te permitieras ser suficiente en lugar de perfecta?
- ¿A quién estás intentando impresionar realmente?
- ¿Quien serías si dejaras de exigirte tanto?
A veces el primer paso no es cambiar toda tu vida.
A veces el primer paso es empezar a hacerte preguntas distintas.
Tal vez el verdadero acto de rebeldía hoy no sea demostrar que puedes con todo.
Tal vez sea dejar de exigírtelo.
Si este artículo te ha removido algo por dentro, quizá sea una buena señal. A veces, cuando algo nos incomoda, también nos está mostrando un lugar desde el que podemos crecer.
Y si sientes que llevas demasiado tiempo intentando ser esa mujer que lo hace todo perfecto -mientras por dentro estás agotada-, no tienes que atravesarlo sola.
Acompañar a mujeres que quieren reconciliarse con su forma de ser, con su cuerpo, con su historia y con sus límites es una parte muy importante de mi trabajo.
Si te apetece explorar ese camino, puedes escribirme.
A veces todo empieza con una conversación.
Gracias por tu tiempo. Cuídate. Maite
